Desde aquí arriba lo veo todo con claridad absoluta. Ab-so-lu-ta. Creo que me voy a quedar una rato más contemplando el horizonte. Se ha levantado una ligera brisa y me gusta la sensación en la cara. Un tipo de silencio especial me rodea. No es que sea un silencio total. Se oyen sonidos tenues, agradables, no estridentes. Mi mente está en blanco. No quiero pensar. Parece irreal. ¿Dónde estoy? He perdido el sentido de tiempo y espacio. ¿Me he quedado dormido? Debería descender, pero estoy también aquí que me cuesta mucho esfuerzo emprender el camino de vuelta. Sin embargo, la realidad me espera. No puedo eludirla. Esto, lo escribió Javier hace años. Pasó un verano en el pirineo con sus abuelos. Descubrió la experiencia del sosiego, la quietud, la calma. Después, su vida enloqueció. Perdió el control. Una maraña de acontecimientos, amigos, trabajo, dio al traste con todas sus ideas. Cayó en picado. Le ingresaron en una clínica de enfermos mentales. El horror se apoderó de él. Pasó ...