ENTRE NUBES
Desde aquí arriba lo veo todo con claridad absoluta. Ab-so-lu-ta. Creo que me voy a quedar una rato más contemplando el horizonte. Se ha levantado una ligera brisa y me gusta la sensación en la cara. Un tipo de silencio especial me rodea. No es que sea un silencio total. Se oyen sonidos tenues, agradables, no estridentes. Mi mente está en blanco. No quiero pensar. Parece irreal. ¿Dónde estoy? He perdido el sentido de tiempo y espacio. ¿Me he quedado dormido? Debería descender, pero estoy también aquí que me cuesta mucho esfuerzo emprender el camino de vuelta. Sin embargo, la realidad me espera. No puedo eludirla.
Esto, lo escribió Javier hace años. Pasó un verano en el pirineo con sus abuelos. Descubrió la experiencia del sosiego, la quietud, la calma. Después, su vida enloqueció. Perdió el control. Una maraña de acontecimientos, amigos, trabajo, dio al traste con todas sus ideas. Cayó en picado. Le ingresaron en una clínica de enfermos mentales. El horror se apoderó de él. Pasó mucho tiempo delirando. Balbuceaba palabras que nadie entendía. No existía comunicación. Un día comenzó a reírse de forma histriónica, brutal. Las enfermeras atemorizadas avisaron al médico. Al ir a inyectarle el fuerte calmante prescrito, Javier gritó enloquecido ¡¡Apañados estamos!! Sorprendidas, se detuvieron en seco. Eran las primeras palabras inteligibles que pronunciaba en cinco años. Dejó de reírse.
A partir de ese momento, todo fue mejor. De una forma lenta, pero en constante progresión fue recuperando la conciencia de si mismo. Al principio no se reconocía. No sabía quién era, dónde estaba, ni por qué. Con el tiempo, fue recuperando el sentido de su existencia. Estimaron que debía volver a la vida.
̶ ¿Qué vida? Me pregunto yo. No sé qué hacer, dónde ir, en qué trabajar.
Estaba decidido. Tenía que marcharse.
Nadie le esperaba. Cogió un autobús y se dirigió a aquel pueblo recóndito que tanto había aparecido en sus sueños. Enfiló la cuesta de Los Parrales y buscó la llave entre las plantas que habían crecido descontroladas. Allí estaba. Cero interés en ella. Todo parecía abandonado.
̶ ¿Abrirá la puerta? ¿Se caerá a pedazos?
El zaguán, la chimenea, la cadiera... A duras penas lo divisaba entre tanta tela de araña y polvo suspendido. Al descerrajar las contraventanas, la luz permitió distinguir la estancia.
Aquellas dos palabras que un día iniciaron el sendero de regreso, permanecían en la pared sucia, desconchada y medio derrumbada. El abuelo, harto de oírlas una y otra vez, las había gravado con su navaja a modo de epitafio familiar.

muy buen relato. Por cierto ¿de donde es esa fotografía?
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