ENTREVISTA


Está sentado tras una enorme mesa y ni siquiera hace ademán de levantarse cuando entro en el despacho. Se limita a darme la mano.
És la prueba definitiva para mi contratación como jardinero.
Se ve que es un hombre apocado y tímido (se nota por su postura encorvada en el asiento.).Su presencia, eso sí, es impecable. Lleva traje y corbata azulada a juego con sus ojos que resaltan por su tez blanquecina y su cabello rubio.
Se le nota servil y revocado a hacer lo que le mandan. Ahora de entrevistador y después… lo que le manden.
Con un gesto me indica la silla donde debo sentarme.
El despacho es tétrico y tenebroso, acorde con la mansión a  la que pertenece. Yo iba convencido que sería una gran finca pero no esperaba que se pareciese a la mansión de Drácula.
Tras sortear un telefonillo la valla de la entrada se abrió. Pasé siguiendo las indicaciones dadas en el interfono y en la puerta  victoriana me recibió un criado que producía verdadero pánico. Era tuerto y con un parche en el ojo izquierdo. Con voz apenas audible dijo que lo siguiese y  me guió hacia el despacho.
– ¿Por qué quiere trabajar para madame Leboir? ¿Qué experiencia tiene como jardinero?
Son  preguntas que yo esperaba así que contesto con facilidad. A la primera pregunta contesto que porque pagan bien. En la segunda hago un circunloquio de vaguedades para eludir la respuesta pues apenas sé de jardinería. Pero…con tal de trabajar y tener un jornal lo que sea.
La intranquilidad se le veía a flor de piel y el más mínimo ruido hacia que se sobresaltase.
 – ¿Está usted bien me atreví a preguntarle? Al principio dijo con fuerza que sí  pero poco a poco el falso aplomo aparente se vino abajo. Aunque siguió entrevistándome.
– ¿Qué expectativas tiene sobre este trabajo? ¿De verdad sería capaz de… hizo un silencio y continuó… de aguantar y ser esclavo de Madame?
A partir de aquí se hundió del todo y ya en vez de entrevistar paso a hacerme unas confesiones estremecedoras sobre la señora leboir.
Lo primero que me contó es que no trabajaba para ella, como suponía yo, sino que era su esclavo (aunque consentido). Que si estaba dispuesto a ser yo también un esclavo el trabajo estaba asegurado. Por supuesto me negué. Hice acción de levantarme para irme y Jonás, que así se llamaba, llorando  me pidió ayuda. Aceptaba ser esclavo pero no las palizas y los malos tratos que recibía.
 –Haré todo lo que quiera pero ayúdeme a salir de aquí. El anterior esclavo fue torturado y ahorcado. Y eso que era el futuro heredero y además legítimo. Madame es un monstruo que no se detiene ante nada. Consigue todo lo que quiere.
Y era verdad. El simple retrato de Madame Leboir que colgaba de la pared ya daba miedo. Jonás siguió diciendo–además todo el que trabaja para ella termina muerto. Yo tengo el beneplácito, momentáneo, por ser su hijo, bastardo, eso sí.
El mal se respiraba en esa mansión y se apoderó de mí. Entonces se me ocurrió algo perverso y divertido a la vez. Yo nunca había tenido un esclavo y decidí tener uno.
–¿No quiere ser mas el esclavo de la señora Leboir? ¿Es capaz de serme fiel y leal? Dijo que haría cualquier cosa ¿no? Consiga que yo me case  con ella y dejará de ser su esclavo. Pasará  a ser el mío y yo no le maltrataré mientras me sea fiel y leal. Jonás se sorprendió de la propuesta pero aceptó. Me contrató y me presentó al monstruo de  la señora Leboir.
15 días después me casé. Jonás se convirtió en mi esclavo y lo primero que le mandé fue decapitar a la señora. Todo el mundo supone que enviudé por un accidente. Han pasado dos años. Ahora  soy el acaudalado dueño de la mansión. Jonás sigue siendo mi esclavo No recibe malos tratos. Y así seguirá mientras sea fiel, leal y no revele nuestro secreto.



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