Identidad
mutante
Obdulia Malajeta Guillén a sus
veintiochos años lucía palmito. Morenaza de pelo largo y lacio, unas medidas
adecuadas a su estatura considerable y
una cara angelical donde destacaban sus ojazos negros; una nariz helénica y unos labios rojos y
carnosos. En definitiva, una mujer deseable y
deseada por los hombres que la rodeaban. Un sólo pero: su
cara mudaba en temible ceño en
cuanto le llevaban la contraria. Y eso
sucedía muchas veces.
— Obdulia,
cariño, no te pongas esas botas que te hacen demasiado rotunda — le decía su
madre.
— Mamá
¡déjame en paz! Además, voy a llegar
tarde.
Y salía con las denostadas botas y un
careto que asustaba. La portera cuando la veía así, se preguntaba para sus
adentros:
— ¿Qué
habrá pasado hoy?
Trabajaba de responsable comercial en
una multinacional de maquinaría agrícola y, trataba a sus subordinados manu militari. Nadie osaba replicarle
conociendo sus reacciones. El único que
no entraba en ese juego era el gerente al
que importaba poco la buena o mala cara que pudiera poner Obdulia
cuando le sugería u ordenaba alguna consigna empresarial. Su
cara, distendida o tensionada era el mejor termómetro para elegir el momento oportuno en que plantearle asuntos puramente
laborales. Como nota distintiva, no admitía bajo ningún concepto que se le plantearan cuestiones
personales ya que, la simple insinuación, bastaba para que su sonriente rostro
tornara en terrible mueca.
Había iniciado, a cencerros tapados, una relación con Satur, Jefe de la Asesoría
Jurídica de la empresa, que se iba desarrollando más que satisfactoriamente. Ya
habían llegado a una cierta intimidad cuando decidieron anunciarlo. Los que rodeaban a Obdulia: sus padres; hermanos; amigos
y compañeros, acogieron la noticia con
satisfacción y reflexionaron en la misma dirección:
— A
ver si éste consigue meterla en vereda y
nos libra de los malos genios que nos toca sufrir — comentó
su padre..
El
domingo, día de vino y rosas,
después de un apasionado beso, Satur, se atreve a sugerir:
— Obdulia,
mi amor. Te parece que nos acerquemos
mañana al Juzgado.
— ¿Pretendes
que nos casemos ya?
— No,
simplemente para solicitar el cambio de
orden de tus apellidos.
Los gritos se oyeron en toda la
cafetería. Su cara mutó en la forma acostumbrada. Satur, con la poca dignidad
que le quedaba y mientras abandonaba el local, sentenció:
— ¡Así
no te casarás nunca!
_______________
Comentarios
Publicar un comentario