NOCHE DE REYES
Noche de Reyes
El domingo 6 de enero en las inmediaciones de una vivienda unifamiliar de la Avenida de la Ilustración, de Zaragoza, había un movimiento inusual. Un par de coches de la policía habían alterado la tranquilidad de la mañana más mágica del año. Muchos vecinos, la mayoría niños, se asomaban a las ventanas al advertir las luces azules titilando. En el interior de la vivienda el ajetreo no era menor.
— Galán, que nadie toque nada. Espero que no se hayan destruido pruebas. —el inspector jefe Salcedo no paraba de dar órdenes. — Usted, Peribáñez, inspeccione la vivienda y haga fotos de todo lo reseñable. Yo voy a interrogar a todos los moradores de la casa.
Salcedo, recién ascendido, se había tenido que hacer cargo del caso de robo que la noche de Reyes, a una hora indeterminada, se había producido en aquella vivienda de Montecanal. El primero en responder a sus preguntas fue el padre de familia.
— ¿Qué objetos han desaparecido?
— Todos los regalos de Reyes de mis dos hijos, de mi mujer y míos que estaban en el salón. También todos los equipos informáticos y las joyas de mi esposa.
— ¿Y la alarma?
— No sonó, la habían desconectado.
— ¿Por dónde han entrado?
— No lo sabemos, no hay ninguna puerta ni ventana forzada. Es muy extraño.
— ¿Han oído algún ruido?—esta vez se dirigía a la señora de la casa.
— Nada de nada. Y menos mal. Si nos llegamos a despertar no sé lo que nos hubieran hecho.
El inspector Salcedo tomaba nota de las respuestas que le daban. De pronto la subinspectora Peribáñez se acercó al salón.
— Venga inspector, en esta habitación tiene la ventana cerrada pero sin pestillo y hay restos de suciedad en el marco.
— ¿Quién duerme en esta habitación? —preguntó Salcedo a la madre.
— Mi hijo pequeño, Alberto.
— ¿Puedo hablar con él?
— ¡Albertooo! Este señor quiere hablar contigo.
Alberto apareció con cara asustada y a la señal del inspector se sentó en el sofá.
— ¿Cuántos años tienes Alberto?
— Siete, pero el mes que viene hago los ocho.
— ¿Tú has visto u oído algo en tu habitación?
— Nada. Una vez, igual oí algo, pero pensé que eran los Reyes y me escondí bajo las sábanas, no fuera a ser que se pasaran de largo sin dejarme nada.
— ¿Pero la ventana estaba abierta?— el inspector pareció intuir algo.
— La dejé yo, para que pudieran entrar los Reyes. —confesó con toda naturalidad.
— Pero tenía que haberse disparado la alarma.
— Es que… yo me sabía la clave. Y… la desconecté. Si les sonaba a los Reyes, saldrían pitando. — reveló asustado, viendo cómo sus padres se miraban incrédulos.
El inspector llamó a Galán y Peribáñez, les hizo un gesto como de retirada y se dirigió a los padres.
— Creo que deberían dar parte a su seguro y rezar para que con estas circunstancias la cobertura les cubra todas las pérdidas. Nosotros seguiremos con la investigación y si hay novedades les tendremos informados.
Comentarios
Publicar un comentario