LOS BOTINES DE CANDELA




A Candela le dijeron una vez que los Reyes Magos existían. Ella lo creyó. Se lo creyó tanto, que un día la visitaron. No siendo pequeña e inocente, inconscientemente FELIZ, que también. Sino cuando se había vuelto descreída y la inocencia estaba olvidada. Decidieron presentarse para devolverla por un instante a la niñez. A esa noche en la que se afanaba en sacar brillo a los zapatos para que sus Majestades los vieran impecables. A esas frías mañanas de Reyes en las que todo era ilusión.

La rutina se repetía año tras año: junto a los balcones del salón de la abuela, dejaban calzado, turrones, mazapanes y la copita de licor. A la mañana siguiente el colorido de papeles, cintas y bolsas salpicaba el suelo creando una alfombra multicolor que en poco tiempo se convertía en un conjunto de envoltorios rotos y disgregados. Boni, bajaba a por churros y porras recién hechos para que Candela y el resto de la familia desayunaran. Los subía colgados en una vara de junco como si se tratara de un pendiente gigante. El día era una continua fiesta. Por la tarde, la casa se llenaba de gente para celebrar la tradicional merienda, rematada por los maravillosos roscones de La Suiza de la Plaza Santa Ana. Aún siendo ya adolescente y joven, seguía disfrutando intensamente del seis de enero.

Lo que sucedió años después fue algo realmente mágico y entrañable. Enfrascada en la preparación de la tesis que le traía de cabeza, debía documentarse sobre algunos temas y andaba un poco despistada para localizar la información adecuada. Un compañero, le recomendó un libro editado por una entidad bancaria en el que podía encontrar lo que buscaba. Se puso en contacto con el director.

—Siento mucho no poder ayudarte. No queda ninguno en depósito. He preguntado en la central. No ha habido suerte. Se agotaron.

Candela se disgustó. Dio el tema por zanjado y siguió con su cotidianidad.

Ese año, la víspera de Reyes, sin saber por qué, se dispuso a limpiar los botines como si le fuera la vida en ello. Se levantó temprano, fue al salón y vio varios paquetes. Entre ellos, uno de ciertas dimensiones y aspecto sólido. Lo abrió apresuradamente y ¡oh, sorpresa! ¡El famoso libro! Se le saltaron las lágrimas.

—¡Los Reyes existen! ¡Los Reyes existen!

El director del banco no se había dado por vencido y buscando... buscando... con ayuda de su mujer, lo encontró en el trastero de su casa. Localizó al marido de Candela y le convenció para que no dijera nada y le diera la sorpresa el día de Reyes.
Javier, no tenía barba blanca, pero ocupó el camello de Melchor. Su mujer, se acomodó en el de Gaspar, y Juan actuó de Baltasar dejando el regalo en los botines esa noche de sueños, esperanza e ilusión.

Candela no lo ha olvidado. Ahora tiene la certeza absoluta de que Los Reyes Magos existen.

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