NOCHE DE VERANO

La noche era clara. La calle estaba iluminada. Hacía calor. El murmullo de las tertulias en las puertas de las casas tranquilizaba el alma. El aire de San Lorenzo, fresco como siempre, evitaba la sensación de bochorno.
Sin embargo, algo me causaba zozobra. Notaba como una presencia. Alguien me seguía a distancia, a intervalos.
Aceleré el paso. No iba a correr. No era necesario. No había por qué. Todo era conocido y seguro.
Me volví, pero no vi nada. Seguí adelante con paso firme. De repente, un ruido, una puerta que se cierra, unas ramas que crujen. Mantengo la calma. Me cuesta tragar. Miro con más intensidad queriendo ver lo que no encuentro o no adivino.
En un instante, ¡ZAS!, salta delante de mi y me corta el paso.
Me quedo inmóvil mirándolo, intentando comprender que va a hacer a continuación, preparando una respuesta a su próxima acción.
Él me da la espalda y comienza a andar calle abajo. Silencioso, sin ruido, con cierta elegancia, con cierto desprecio.
Su pelo de un negro azabache se confunde con la noche, y sólo un largo maullido me estremece.
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