EL SANTO JOB



“El día que empezamos el blog”


Era una cuadrilla de escritores de relatos de un grupo de escritura creativa. La mayoría peinaba canas. Las señoras no, porque se las teñían. Todos tenían una brecha digital manifiesta. Habían decidido hacer un blog y encomendado la tarea a Miguel, apodado el “santo Job” por su paciencia. A pesar de que Miguel se resistía, conocedor del caos que se iba a originar, finalmente creó un blog con ayuda de un compañero, también algo entendido en cuestiones informáticas.


Llegó el día de explicar a los compañeros cómo entrar al blog y publicar relatos. Al empezar la reunión todos empezaron a preguntar cuestiones diferentes, a solicitar la forma de entrar a internet, y a decir que a ellos no les había llegado el e-mail de invitación para poder acceder al blog:

—Pues yo he mirado mis correos y no me sale nada. Y hay otros correos que sí que me han llegado
—Pero entonces si yo no tengo cuenta de google ¿No podré entrar al blog?
— ¿Pero yo puedo manejar y subir documentos desde mi móvil?
—Pues un primo mío tiene un blog y me dijo que no era complicado. Y me sale en inglés.
— ¿Miguel, cual es la contraseña de mi cuenta de google?

Miguel iba aclarando las dudas poco a poco, como buenamente podía. Intentó que el grupo le atendiera porque iba a explicar todo lo que había que hacer para acceder a blog y publicar las fábulas, dramas, relatos y cuentos de cada uno.

Vano intento. Cada uno seguía con su asunto particular y se fueron formando corrillos de tres, que intentaban acceder al blog a través del teléfono móvil, a pesar de que Miguel les reconoció que sólo sabía entrar y manejar el blog a través del ordenador.

Cuando se cansaron de intentarlo, la mayor parte de ellos con resultado negativo, volvieron la vista hacia Miguel que estoicamente aguardaba que amainase la tormenta y las aguas volviesen a su cauce. Entonces pudo empezar a explicar la formar de actuar: que había que tener una cuenta en google y activarla, que luego había que poner en un buscador el nombre del blog “pizarraycarbon.blogspot.com”, que como la mayoría ya había aceptado la invitación podrían entrar y operar sin problemas, que la primera pantalla que les saldría pondría un apartado titulado “entrada nueva” donde tras pinchar en el icono podrían escribir el título del relato, insertar el texto en la página en blanco, luego ajustarlo, poner las etiquetas correspondientes y finalmente darle a “Publicar”, con lo que el relato aparecería en el blog de forma permanente.

Tras otro largo intervalo respondiendo a nuevas preguntas, repitiendo de nuevo las cuestiones explicadas y prometiendo enviar nuevas invitaciones para que pudieran acceder los que faltaban, miró las caras de sus compañeros y lo que vio no le gustó demasiado: caras escépticas, dubitativas, poco entusiastas y alguna con claro signos de desaliento y de no haber entendido nada.

Terminó la reunión y se fueron paseando a sus casas por calles diferentes. Cuando Miguel estuvo solo, clamó al cielo con voz tonante, cual Júpiter en el Olimpo, pero en perfecto arameo, como Jesús en la hora novena cuando expiraba en la cruz: “Eli, Eli, lamá sabactaní” (Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado). Y se fue a casa pensando que si Dios hubiera tentado al santo Job, encargándole que explicara cómo hacer y escribir en un blog, seguro que hoy Job no sería santo, porque hubiera maldecido en arameo y resto de lenguas conocidas en aquella época, diciendo a Yahvé: “Me has pedido hacer cosas difíciles, alguna casi imposible, pero esta no la resuelves ni tú”. Y encendió un cigarrillo para calmar sus nervios.

Menos mal que Miguel era olvidadizo y poco rencoroso, y al llegar a casa ya no recordaba nada.

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