CAPERUCITA DE MAYOR




La vi y dudé. Hacía tanto tiempo que no la veía que la encontré muy cambiada. Pero esa forma de andar, de pisar el camino de ida y vuelta que ha hecho toda su vida, era inconfundible. Su forma de vestir había cambiado un poco, ya no llevaba ni la capa ni la caperuza que le tejiera su abuela. En su lugar llevaba un abrigo de paño de cuadros rojos y negros que le sentaba muy bien.
Lo que sí continuaba llevando era esa cesta inconfundible en la que, hace años, transportaba algún presente comestible para su “abuelita”. Pero ahora, no creo… Su abuela tendría que tener por lo menos… mm… No sabría decir una cifra concreta pero sería muy elevada.
Ella tampoco me reconoció de inmediato, claro los años han hecho en mí estragos. Mi vida no ha sido fácil. Asustar niñas y abuelitas, y huir al tiempo de cazadores y leñadores, era cada vez más trabajoso. Con la tala indiscriminada de bosques, los lugares de trabajo han ido cerrando. Eso, y que las niñas son cada vez más espabiladas y las abuelas menos cándidas, a pesar de que los cazadores también van desapareciendo, ha hecho que mi trabajo fuera cada vez más escaso y complicado.
Me prejubilé, estuve en un zoo una temporada pero no era lo mío y cuando me jubilé definitivamente, decidí ir a recorrer el mundo. Pero siempre vuelvo aquí, porque añoro el bosque que ya no existe y que fue mi casa.
La seguí un rato por la nostalgia de los años pasados y, pese a que se dio cuenta, pues era lista, siguió su camino. No salió corriendo ni siquiera se asustó un poquito. ¡Ven como tuve que dejarlo! Y al girar una esquina, confiado, me di de bruces con ella. Estaba claro que me esperaba, y el que se asustó fui yo.
-¡Basta! -gritó y añadió- ¿No crees que somos mayores para estos jueguecitos?
Enfadada pasó la página del libro y lo cerró dejándome dentro.
Respiró profundamente y cerró los ojos. Era la primera vez que se sentía libre.


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