A DAR UN PASEO
Y me decían que no iba a llegar a las Navidades. Ojalá me hubiera venido antes. Menudo cambio ha dado mi vida. Ahora hago lo que quiero y no dependo de los caprichos de mi nuera. Sí, que hay unos horarios a los que te tienes que adaptar, pero en lo de demás, yo tomo mis propias decisiones. Mi hijo no podía darme la razón y lo entiendo, pero esa arpía la había tomado conmigo. Me estaba echando mierda a todas horas y en todos los temas. ¡Mira que decir que yo les registraba su habitación cuando me quedaba cuidando a mis nietos! Ya tengo ganas de que llegue el fin de semana para disfrutar de ellos. Ella mejor que no venga.
Mira quién viene por ahí. Si es que es un sol. Menudo porte tiene este Manuel. Me ha hecho sentirme mujer de nuevo. Mi difunto Gerardo seguro que lo entiende. Llevo ya veintidós años viuda y, lo que nunca pensé que pasaría, ha pasado. ¡Estoy enamorada como una pipiola! Y como no nos dejen juntos en la misma habitación, nos buscamos otra residencia, que ya lo he mirado y en las Buganvillas no habría problema y encima nos saldría más económico.
Eso sí, las actividades de aquí no me gustaría dejarlas, que ya me he acostumbrado a mis clases de yoga, mi gimnasia de mantenimiento y la taracea. Allí me enamoré de Manuel. No dejaba de ayudarme y cuando cogió mis manos para colocar las piezas, sentí que mi cuerpo se estremecía. Cuando me pidió salir, estaba deseándolo. Menos mal que mi hijo lo entendió. Seguro que ella no, menuda bruja. Pero me da igual, que hable lo que quiera.
Y esa tal Felisa, que no para de mirar a Manuel. Tendré que dejarle claro que es mío y que ya está ocupado. Es tan educado que no sabe negarle la conversación a nadie. Pero le diré que no se fie de esa pelandusca. Ahora me voy a acicalar, que enseguida nos vamos a dar un paseo. ¡Ah!, y que no se me olvide pasar por la perfumería, que se me ha acabado el O´de Lancome y el Vaginesil.
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