UNA GÉLIDA TORRE MUSICAL

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Hacía frío. Los helechos seguían congelados por el gélido rocío nocturno. Mi nariz moqueaba, mi cara estaba enrojecida por el helador ambiente y mis manos empezaban a congelarse tras pasar un buen rato al aire libre mirando aquella altanera torre levantada en mitad de una de las calles del pueblo.

Era un pueblo situado en un escarpado y angosto valle, a más de mil metros de altura, donde el sol sólo alumbraba un par de horas en inverno y unas cinco horas en verano. En aquella mañana de primavera, parecía más un gulag siberiano que un apacible y soleado pueblo de alta montaña en el Pirineo aragonés.

Entré en un pequeño bar situado al lado de la torre para calentarme un poco al abrigo de la amplia chimenea, rebosante de troncos crepitantes. Tras pedir un café caliente, un parroquiano se acercó y tocándose la boina, me dijo:

— Me he fijado cómo miraba largo rato la torre de al lado. ¿Está interesado en escuchar una buena historia, o lleva prisa? Aquí, el frio paraliza todo, y hasta el tiempo pasa más lento, y nos permite disfrutar relatos que no se podrían contar en una presurosa ciudad.

— Interesadísimo, contesté yo. No tengo nada mejor que hacer que calentarme en este magnífico fogón, escuchando una historieta del lugar.

Bueno, prosiguió el vecino. Érase una vez que se era…. Hace ya muchos años se encontraron un día en las lindes de sus campos un par de vecinos. Uno quería plantar unos olmos en un lado de su finca y el otro no parecía muy conforme.

— Mira, decía Eugenio a Ramón, no me plantes en ese lado los olmos porque me van a tapar el poco sol que entra en el valle y en este campo no voy a poder plantar ni alfalfa para el ganado. Vamos es como si lo sembraras de sal, aquí no crecerá nada.

Ramón pensó que era su ocasión para doblegar a Eugenio, el rico del pueblo, del que se decía que sus ovejas llevaban campanillas de plata para distinguirlas fácilmente del resto de los rebaños. ¡Que se fastidie! Así podré presumir un poco en la taberna del pueblo cuando lo cuente, pensó.

— Oye Eugenio, el campo es mío y planto los olmos donde yo quiero… a ver si te crees que me vas a avasallar como al resto del pueblo.

Eugenio escuchó la respuesta con calma. Ladeó la cabeza como meditando la respuesta, y con toda la tranquilidad del mundo le dijo a Ramón:

— Yo no cultivaré nada aquí, pero recuerda lo que te digo: En tu casa nunca más se volverá a ver el sol”.

Y al día siguiente comenzó a levantar esta altiva torre que tapó el sol de la casa de Ramón, que vivía enfrente. Y en la parte de arriba le colgó campanillas de plata para que, cuando las meciera el viento, Ramón las oyera y recordara sus palabras. Ramón enloqueció y al poco tiempo apareció ahorcado en un olmo de su campo.

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