UNA GÉLIDA TORRE MUSICAL
Hacía frío. Los helechos seguían congelados por el gélido rocío nocturno. Mi nariz moqueaba, mi cara estaba enrojecida por el helador ambiente y mis manos empezaban a congelarse tras pasar un buen rato al aire libre mirando aquella altanera torre levantada en mitad de una de las calles del pueblo. Era un pueblo situado en un escarpado y angosto valle, a más de mil metros de altura, donde el sol sólo alumbraba un par de horas en inverno y unas cinco horas en verano. En aquella mañana de primavera, parecía más un gulag siberiano que un apacible y soleado pueblo de alta montaña en el Pirineo aragonés. Entré en un pequeño bar situado al lado de la torre para calentarme un poco al abrigo de la amplia chimenea, rebosante de troncos crepitantes. Tras pedir un café caliente, un parroquiano se acercó y tocándose la boina, me dijo: — Me he fijado cómo miraba largo rato la torre de al lado. ¿Está interesado en escuchar una buena historia, o lleva prisa? Aquí, el frio paraliza todo,...